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Se considera progreso el rechazo y el olvido de Dios. El creer que nada es pecado y así vivir libremente sin normas ni principios morales. «A menudo el hombre vive como si Dios no existiese e incluso pretende ocupar su puesto. Rechazando las leyes divinas y los principios morales el hombre atenta contra la familia, intenta callar la voz de Dios y borrarlo de la conciencia de los pueblos,y así hace su aparición la cultura de la muerte, que es injusticia, discriminación, explotación, engaño y violencia», ha dicho Juan Pablo II.
Se considera progreso ciertos programas de televisión que buscan una provocación directa de los instintos. Entre esos programas están los violentos, los eróticos y pornográficos, esas historias de amores y desamores, engaños, adulterios, etcétera.
Se considera progreso el llevar a los debates televisivos a personas de cierto relumbrón pero, a veces, de poca ciencia y mucha confusión. «Las cadenas de televisión se han convertido en un patio de vecindad donde sólo interesa el cotilleo, el chismorreo, el discurso de las comadres y las cotorras». Cuando de tele se trata hay que decir que se ha perdido la vergüenza y el pudor. Hoy se valora la ordinariez. Al presentar un programa no se tiene en cuenta la buena educación, ni la elegancia, ni el buen estilo, porque se cree que eso no conduce a nada. «La televisión está para formar no para deformar, es un arma terrible y cuando queramos corregirla quizás sea demasiado tarde». Algunos medios de comunicación son como ventiladores dedicados a esparcir toda clase de inmundicia e indecencia por todas partes. ¿vaya nivel cultural y moral que está impartiendo! «No hay telebasura, hay hombres basura. Si no hubiera hombres basura, que hacen la televisión basura, no habría basura».
En nombre de la libertad, nos quieren hacer creer que todo vale, que lo malo es bueno. Se va creando ambiente, porque saben que el ambiente contamina. El ambiente, los medios de comunicación, todo lo que nos rodea, es como un lavado de cerebro que borra principios que van cayendo en el olvido. Y esto se ha ampliado a la vida familiar, a las relaciones sexuales, al respeto a los demás, al respeto a la vida. Pero claro, como el vacío no existe, se llena de egoísmo, de hedonismo, de crueldad, de falta de responsabilidad, de frivolidad. Y ojo, que la moralidad es como una carcoma para el individuo y para la convivencia social. Ahí está la propia historia recordándonos que la degradación moral y humana llevó a imperios poderosos hasta su degradación.
Entonces, ¿dónde están las raíces del mal? En la degradación del nivel moral. En la exaltación del vicio. En la ridiculización de toda clase de virtudes. En los ataques a la familia. En el olvido de Dios.
Vivimos en un mundo donde a la mentira se le llama diplomacia, a la explotación del hombre se le llama negocio, a la irresponsabilidad se le llama tolerancia, a la falta de respeto se le llama sinceridad, lo frecuente se interpreta como normal y lo normal se interpreta como moral.al robo al engaño corrupción.
Se habla mucho de calidad de la enseñanza, pero en estos tiempos no será posible aunque esté legislada, si antes no se acomete una ley de calidad de la televisión. La televisión es en gran parte culpable de la poca motivación de los alumnos y del escaso interés por aprender. Lo que se hace en la escuela a diario se deshace en veinte minutos frente al televisor. La televisión reduce la falta de diálogo en el hogar y lo más grave aún es que ha roto en pedazos la intimidad del hogar. Una cosa es buena o mala, verdad o mentira porque lo ha hecho la tele. La avalancha de telebasura está embruteciendo a las personas. «Hoy nos falta una conciencia crítica. Sin ella —según estamos perdidos en este mundo».
La misión principal de la familia es la transmisión de la vida y la educación de los hijos, siendo una institución imprescindible en la sociedad. Una familia sana es el fundamento de una sociedad libre y justa. Es la hora de la familia. Si dejamos morir a la familia, si permitimos tan sólo que se debilite, estamos poniendo en juego la supervivencia de toda la sociedad. «El hombre —ha dicho Juan Pablo II — no tiene otro camino hacia la humanidad más que a través de la familia. Matrimonio y familia son hoy más importantes que nunca».
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